El ganador del Oscar, Alfonso Cuarón, vuelve a rodar un film íntegramente en su país natal en el que deslumbra con abundante realismo y una intensa gama de emotividad, para más de dos horas de una de las mejores producciones de este 2018, logro simbólico que a esta altura del año parece serle irrefutable.

El director mexicano ya ganó una estatuilla hollywoodense con “Gravity” en 2013 y en enero de 2019, su “Roma” podría competir como mejor película extranjera, un galardón que debido al revuelo que generó en la opinión de la crítica y el público en general, parece ser un hecho que no se le escabullirá de las manos. Pero en cierto modo poco importa lo que opine la industria.

La historia sucede en el poblado homónimo en el que fue criado Cuarón. La trama del largometraje tiene intenciones sensatas aunque a medida que transcurre, lo sentimental y la ineludible empatía que produce con los personajes principales va tomando un rol cumbre en la narración. El director logra de manera puntillosa entrometerse en cada uno de los detalles de lo que se transita frecuentemente en la vida de cualquier persona, en Latinoamérica y en gran parte del mundo.

Precisamente en este film casi universal, la protagonista Yalitza Aparicio resulta clave en cada escena con una honesta actuación, encarnando a la encantadora Cleo, una empleada doméstica con raíces aborígenes que articula como nexo la manera que Cuarón tiene de expresar claras diferencias de clases sociales, en aquel México de principio de los 70 y que, probablemente, aún hoy no haya cambiado demasiado. La actriz que apenas acusa un cuarto de siglo derriba por completo los cánones establecidos de la cinematografía costosa y convencional.

“Roma” está plagada de escenas en las que parece que nada va a suceder, pero todo ocurre de golpe y trae marejadas en sus consecuencias. Una especie de bolero rococó mexicano en loop en el que hay separaciones, un (al menos) embarazo no deseado, tiroteos, protesta social y cálidas situaciones cotidianas que la vorágine del cine actual fue postergando o dosificando. Entonces conviven las visiones de una misma problemática costumbrista, descriptas desde la óptica de las diversas castas. Las escenas de los niños que juegan a ser astronautas con todos sus recursos posibles son la cabal muestra de esta contraposición que se repite mucho a lo largo del film.

El guión de esta delicia de Alfonso Cuarón es (por decirlo de alguna manera) un texto sano, poco narcotizado por los ritmos contemporáneros, inclusive de Netflix, donde fue estrenada en diciembre de 2018 con mucha ambición pero poca expectativa de mercado. Hay situaciones completamente desgarradoras que movilizan al espectador pero también circunstancias exquisitas como en la que Cleo juega con uno de los cuatro niños que cría, su favorito, tal vez, en la terraza del hogar, donde también refriega cotidianamente la ropa de sus patrones.

Alfonso Cuarón recrea una inolvidable fotografía callejera permanente en cada pequeño cuadro que está meticulosamente cuidado, con el detalle de su intencional y acertada estética completamente en blanco y negro. En “Roma” no hay un solo mensaje y pese a que ese avión que sobrevuela la película pareciera ser la tragedia que cubre como un manto lo complicado y existencialista de vivir, al fin y al cabo Roma es un anagrama de amor, y viceversa.

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