Una tarde cualquiera, de una día cualquiera, de un año cualquiera caminaba con mi papá a comprar no sé qué cosa. No recuerdo nada, pero sí tengo la certeza de que el flaco Luis Alberto Spinetta ya no estaba entre nosotros. Si bien nunca estuvo entre nosotros, me refiero a que ya no vivía en este mundo que demoró años en comprenderlo y apreciarlo.

Recuerdo que era una tarde caprichosa y calurosa de verano y de febrero (Luis Alberto se fue un 8 de ese mes) y que no había mucho para hacer en la Pampa Húmeda más que cagarse de calor y dialogar con la Pelopincho.

Aún -mientras relato- no puedo precisar hacia dónde íbamos, sólo sé que caminábamos hacia el sur, ambos en cuero y ojotas, entre árboles y sobre el asfalto porque esas veredas aún no califican como tales. Quiero decir que era mejor pisar la brea caliente que meterse entre los pastizales de una trocha que nunca recibió la marca del progreso.

El barrio estaba cálido y la desidia de unas vacaciones sin vacacionar se iba desdibujando de tal manera que la tarde apetecía tragos. Beber elixires. Relajarse. Poner música. Disfrutar del ocio. Porque la gula no se regodea cuando hace mucho calor. Insisto con que era una tarde cálida y lánguida que se extinguía como si nada mientras deambulábamos hacia la ¿ferretería? ¿panadería? Realmente no lo recuerdo.

El suelo a temperatura ambiente no daba ni ganas de mirarlo. Esa impronta que poco dice del pavimento en los barrios no daba pistas de absolutamente nada. Parecía que la nada era la nada. Que la nada existía pero de repente divisamos una bolsa marrón con algo dentro. Zona de basural improvisado -pensamos- aunque la sorpresa no tardaría en llegar.

Tampoco logro rememorar de qué veníamos hablando pero sí que Spinetta sobrevolaba las charlas hacía algunos días. Precisamente fue que esa bolsa marrón, cómodamente ubicada sobre el pavimento nos guardaba un regalo cósmico. Nadie nos iba a creer que en aquel paquete había una botella de vino que automáticamente supimos era un presente del mismísimo Luis Alberto para nosotros, que veníamos recordándolo, una tarde cualquiera, de una día cualquiera, de un año cualquiera. Guardaríamos el secreto.

Mi viejo y yo regresamos al calor del patio y bajo un limonero añejo enclavamos una madera de cajón de verdulería y bautizamos el lugar como “sector Flaco Spinetta”. Nos sentamos debajo del árbol, descorchamos el vino, dijimos casi al unísono “Y deberás plantar y ver así a la flor nacer”, entonces brindamos y fuimos felices por un rato.

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